El Carisma Lasallista
El Carisma es un don que el Espíritu Santo concede a la persona para el servicio de la comunidad. Juan Bautista De La Salle junto con los primeros Hermanos, pone en marcha el carisma fundacional (o carisma lasaliano/ lasallista de los orígenes) para la misión de educar humana y cristianamente a "los hijos de los artesanos y de los pobres". Este carisma es participativo y genera la identidad lasaliana/lasallista.
El carisma, como eje articulador de la identidad lasaliana/lasallista, "imprime una orientación a todo el proceso de formación en esa identidad, que implica: un estilo (o manera de ser), una sensibilidad especial ante determinadas necesidades, unas preferencias al seleccionar los destinatarios de la misión, unos criterios y opciones para el planteamiento de las respuestas, una manera de valorar la misión" (Estudios Lasalianos No 13, p. 9).
El carisma lasaliano da origen a la espiritualidad lasaliana/lasallista, que expresa el sentido y la profundidad de la tarea educativa en relación con el Proyecto de Dios. Esta espiritualidad se caracteriza por:
- El espíritu de fe: «El espíritu de este Instituto es, en primer lugar, el espíritu de Fe, que debe mover a los que lo componen a no mirar nada sino con los ojos de la fe, a no hacer nada sino con la mira en Dios, y a atribuirlo todo a Dios» (RC 2, 2).
- El espíritu de celo: «El espíritu de fe se hace patente en los Hermanos por el celo ardiente hacia aquéllos que les han sido confiados, a fin de disponerlos a acoger la salvación revelada en Jesucristo» (Regla 7).
- El espíritu de comunidad: Los Lasallistas se inspiran en esta oración de Cristo: «Padre, que sean uno como tú y yo somos uno, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21-22) y se expresa en la frase: "Juntos y por asociación".
- Ser una espiritualidad «práctica»: «(...) no hacer distinción entre los asuntos propios de su estado y el negocio de la salvación y perfección propias, y convencerse de que nunca se asegura mejor la salvación ni se adquiere mayor perfección que cumpliendo los deberes del propio cargo, con tal de que se cumplan con la mira puesta en la voluntad de Dios» (Reglas que me he impuesto, 3, 0, 3).
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