CAMBIAR EL MUNDO


¿Es posible cambiar el mundo? ¿Es el anhelo de hacerlo una noble apuesta por la esperanza o, por el contrario, un rasgo propio de personas que viven prisioneras de la ingenuidad más alienante? ¿O es tal pretensión de cambiar el mundo, en el fondo, una muestra de arrogancia de quien cree saber lo que a otros – o a todos – conviene?
Por otro lado, ¿para qué se es joven si no para intentar cambiar el mundo? O, por lo menos, una esquinita de él.
***
En La Sierra, la noche de aquel domingo de julio del ’87 estaba fresca. Apiñados alrededor del fuego, un grupo de muchachos y muchachas – algunos universitarios, la mayoría colegiales – reuníamos fuerzas para la labor que comenzaría al día siguiente.
Meses de conciliábulos, diligencias y una que otra frustración, culminaban frente a aquella fogata. Finalmente, el sueño que acariciábamos desde el verano anterior se hacía realidad: un campamento de verano gratuito para niños campesinos, animado por jóvenes voluntarios.

Considerando edades y limitaciones, el sueño era, para el momento, bastante ambicioso. Partía, eso sí, de una lógica muy simple: regalarles a niños del campo dos semanas de juegos y actividades formativas, igualito que los campamentos de verano que entonces comenzaban a popularizarse en las ciudades.
Las dificultades eran múltiples. Y, sin embargo, poco a poco, eventos, circunstancias y colindancias se trenzaron – de modo fortuito, en apariencia – para que el campamento pudiera llevarse a cabo.
Resultó que, ese mismo año, el Plan Sierra comenzaba con un proyecto de campamentos en algunos lugares de La Sierra. Resultó que a ellos, al Plan Sierra, les venía de perlas el trabajo voluntario. Y resultó que a nosotros el apoyo logístico del Plan nos caía como anillo al dedo.
Esa correspondencia bendita nos permitiría montar campamentos diurnos en cinco comunidades dentro del proyecto de manejo forestal La Celestina, teniendo a una de ellas, El Pinar, como base de operaciones para el equipo de voluntarios.

Aquella víspera de lunes, en el cogollo de una loma, entre canciones, abrazos y oraciones, juntábamos la mucha ilusión que nos permitían nuestros pocos años para entregarla, con la mejor intención de que éramos capaces, a los niños de La Sierra. Si ilusión e intención no bastan para cambiar el mundo, entonces no lo sabíamos.
De lo que sí sabíamos era de sueños. Veinte y pico muchachos y muchachas para ciento y pico niños y niñas. Estábamos listos.

Mezclado entre nosotros, como si fuera uno más de los muchachos, y – como siempre – en segundo plano, estaba el Hermano Pedro. El mejor cómplice posible para convertir sueños en proyectos. Él también estaba listo.
Comenzaba la misión.

Soñar está bien, nos decía. No hay nada de malo en ello. Pero lo verdaderamente importante – lo verdaderamente peligroso, decía – es atreverse a construir el sueño. Y si el sueño pasa por cambiar el mundo, pues mejor. Y para cambiar el mundo hace falta gente peligrosa.
Esa era la filosofía educativa – sencilla, pero no simple – de Pedro Fernández. Tan sencilla como dos invitaciones: a soñar y a atreverse.
Y, desde luego, cuando educar es invitar, no hay mucho espacio para decir que no. De mis años en La Salle – que coincidieron con la época en la que el Hermano Pedro fue director – lo que más recuerdo es la libertad que teníamos para proponer y hacer cosas.
¿Un periódico estudiantil? Adelante. ¿Un suplemento literario para el periódico? No hay problema. ¿Construir un mapa tamaño gigante del país, en relieve, en medio del patio? Háganlo con cuidado de no dañar los árboles.
Cuando le llegó el turno a los campamentos en La Sierra, Pedro no titubeó. No sólo nos apoyó en el camino, sino que caminó con nosotros. Supongo que intuyó un gran potencial educativo en el proyecto.
Y cuando digo potencial educativo, me refiero tanto para los niños que participarían en los campamentos como para los muchachos que los animarían. Como el viejo zorro que era – especialmente en los temas ligados a la formación de jóvenes – Pedro sabía muy bien que una experiencia intensa de voluntariado cumpliría un propósito doble. Que buscando transformar, nos transformaríamos.

Y así fue. Aprendimos muchísimo. Que la vida en el campo es dura, muy dura. Que cuando un niño crece sin chance para jugar – como es lo común en el campo, donde muchos pequeños trabajan desde que aprenden a caminar – es como si le amputaran la inocencia antes de tiempo. Que a jugar – y a reír – se enseña y se aprende. Que hay maestros y maestras rurales que, a fuerza de vocación, fabrican milagros a diario en las escuelitas de la loma.

Tanto aprendimos que no tengo claro quién aprendió más. ¿Los niños – que eran el motivo de todo – o nosotros? Lo que sí creo tener claro es que a Pedro esta cuestión nunca le preocupó. Callado y lejos de cualquier protagonismo, se limitaba a permitir, a conspirar y a facilitar. Y sobre todo, nos guiaba en la reflexión para encontrar el sentido y la trascendencia de todo aquello.

En torno al fuego, bajo un manto de estrellas, llegábamos siempre a las mismas conclusiones, que también eran sencillas, pero tampoco eran simples. Cambiar el mundo no sólo es posible. Intentarlo es una responsabilidad. Y se comienza por cambiarse a uno mismo.

Otro domingo de julio, esta vez de mañana, fuimos convocados a La Salle de La Capital para celebrar los veinticinco años de los campamentos-misión. Dicho así, podría pensarse que se trataba del aniversario de un evento del pasado.

Nada más lejos de la realidad. Ese domingo celebramos el cumpleaños de una obra que permanece, crece y se renueva cada año. Y que está más viva que nunca.
Así es. Por veinticinco años ininterrumpidos, sucesiones de jóvenes – podemos decir, sin dudas, generaciones de jóvenes – se han ido relevando para mantener encendida la llama de los campamentos- misión.

Es fácil calcular que, durante esos veinticinco años, al menos varios miles de niños y varios centenares de voluntarios han tomado parte en esta singular experiencia de verano. Hoy día, los campamentos se llevan a cabo también en Semana Santa y se realizan simultáneamente en una decena de comunidades, repartidas en las zonas rurales de Barahona, Baní e Higüey; animados por jóvenes alumnos y ex-alumnos de todas las escuelas y los colegios de La Salle del país.

Aquel experimento que comenzó con más ilusión que otra cosa en una loma de La Sierra, es hoy un milagro de logística al servicio del servicio. Tiene, incluso, un nombre tan propio como el estilo de vida que vive y propone: Fraternidad Misionera Lasallista.

En la celebración, la algarabía es grande. Y multitudinaria. Como salmones que encuentran el regreso a casa, nos juntamos en La Salle de La Capital participantes de las diferentes etapas de la ya larga vida de los campamentos-misión. Desde los más jóvenes, algunos de ellos estrenándose en los campamentos de este año – y desbordando la alegre energía de los que saben que van a cambiar al mundo – hasta los que estamos ya en la mediana edad, ansiosos por renovar nuestra esperanza en la redención de un mundo con el que ya hemos tenido más de un encontronazo.
Canciones, abrazos y oraciones – como siempre – se encargan de dispersar la alegría. Los testimonios que se comparten son tan diversos como conmovedores. La Fraternidad me transformó y me hizo quien soy, dice una joven. Ya no puedo asistir a los campamentos, pero cuenten conmigo en lo que haga falta para que la misión continúe, dice otro. Dar lo mejor de ti es lo mejor que hay, dicen todos.
Y mezclado entre nosotros, celebrando como si fuera uno más de nosotros, alejado – también como siempre – de todo protagonismo, está el mismo Hermano Pedro. Es verdad que los años de entrega le han gastado el cuerpo, pero su espíritu indomable brilla en su mirada con la misma chispa. Sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: permitir, conspirar y facilitar.
Sigue siendo peligroso, Pedro. Joven entre los jóvenes.
Y siguen en pie, para quien quiera oírlas, su par de invitaciones: sueña y atrévete. Y, si lo podemos hacer juntos, aún mejor.

¿Cambiar el mundo? Pues sí. O por lo menos, mejorarlo. Una vida a la vez. Un joven que enseña a un niño a jugar. Un niño que enseña a un joven el significado de la solidaridad. Un maestro que guía, apoya y calla.

Sencillo, sí. Pero no simple. La misión continúa.

 

Paulo Herrera Maluf
Colegio  De La Salle de Santiago, República Dominicana,
Primer Coordinador de la Fraternidad Misionera Lasallista.
p.herrera@smartcoachrd.net

 

 

 

 

 

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